¿Es 'Rojo cochinilla' un libro para adultos?


“Rojo Cochinilla” de Alberte Momán es un libro que puede fascinar tanto a adolescentes como a adultos porque se mueve justo en ese territorio incómodo donde el género negro, el humor y la crítica social se contaminan entre sí, sin pedir disculpas a nadie. No es una novela “amable”, pero sí profundamente estimulante para cualquiera que quiera algo más que una historia de detectives al uso. Para un lector adolescente, Poe —esa investigadora privada que conduce un Jaguar destartalado, bebe cerveza con güisqui y comparte casa con un gato sarcástico que habla— es una puerta de entrada irresistible. Representa una adultez rara: precaria, indisciplinada, pero libre, muy lejos del modelo de éxito ordenado que les suele presentar el mundo adulto. Poe no sermonea, vive como puede, se equivoca, se mete en bares sórdidos, se enamora, se acuesta con quien desea y negocia sus principios sobre la marcha. Para un chico o una chica que empieza a sospechar que la vida no encaja en el pack “estudios, trabajo, hipoteca”, este personaje funciona como espejo y como desafío. Además, el libro trata temas que atraviesan de lleno la adolescencia: la violencia machista, el miedo, el deseo, la soledad, la búsqueda de un lugar en el mundo. Lo hace con escenas fuertes —un maltratador humillado en un burdel, un corredor de apuestas mutilado y enterrado, muertos que se levantan para ir a votar— pero sin caer en la moralina. La ética de Poe se construye caso a caso, desde la intuición, el afecto y cierta rabia de clase que muchos adolescentes sienten sin saber nombrarla. El libro les reconoce esa rabia y la convierte en ironía y acción, no en sermón. Para los adultos, en cambio, lo más seductor tal vez no sea la peripecia, sino la lucidez amarga con la que el libro mira la realidad. La trama de dinero robado, apuestas ilegales y cadáveres que regresan en época electoral se lee como una sátira feroz de la Galicia envejecida, clientelar, donde hasta los muertos son movilizados para sostener el poder. La observadora internacional Deirdre, convencida de que los fiambres salen de sus tumbas para reafirmar el voto conservador, introduce una lectura política que un lector maduro puede saborear en toda su profundidad. La corrupción no es solo económica; es moral, institucional, casi metafísica. Hay, además, un nivel de disfrute adulto en la escritura misma: el libro está lleno de referencias culturales (de Bob Dylan a Simon & Garfunkel, del cine de zombis a Aristóteles), de frases aforísticas que mezclan filosofía y guasa, de imágenes sensoriales muy potentes. El gato Argallúas, capaz de desfigurar a un cobrador de deudas y luego quejarse de la sangre seca en la tarima, condensa ese tono: violencia y costumbrismo, comedia y horror en la misma escena. Un lector adulto detecta ahí una tradición: del hard boiled americano al esperpento, pasando por el realismo sucio y la novela negra mediterránea. Lo que hace que ambos públicos puedan encontrarse es que el libro no rebaja nada. No simplifica la violencia para proteger al joven ni disuelve el deseo en eufemismos para tranquilizar al mayor.  Muestra a dos mujeres —Poe y Aurora— pasando del miedo a la agencia, del rol de víctima al de cómplice, del bar sórdido al pequeño ritual íntimo de plantar un arce japonés sobre la tumba de una amiga.  En esa mezcla de sexo, sangre, política y ternura incómoda hay algo profundamente adolescente y, a la vez, dolorosamente adulto. Por eso este libro no “encaja” en una franja de edad: interpela a cualquiera que esté dispuesto a aceptar que crecer no es volverse correcto, sino aprender a mirar de frente lo sórdido sin renunciar al humor ni al cuidado. 

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